
Comienzo a sospechar que el pipeño del verano es de mejor calidad que el pipeño de invierno. Ya me pasó en Las Tejas y ahora me lo sugirió el terremoto de El Quitapenas: los terremotos de julio y agosto no tienen nada que ver con los que se toman en esta época estival. El verano debe ser el momento de cosechas dulves, veraniegas, llenas de sol y fruta. Y el cariño al prepararlo debe ser el de las horas luminosas de diciembre y enero, el de la jovialidad de las tardes con sol, el de la alegría de las nochen en veinte grados.
Volví al Quitapenas después de un sospechosamente ácido terremoto por allá por agosto. No hubo, por lo tanto , ni fotos ni parabienes. Pero ahora no. Desde que llegó esa jarra jugosa, exuberante, soberbia, supe que una terremoteada jornada se vendría por delante. Además, todo muy bien servido, con su correspondiente vaso alterno para permitir revolver bien el cremoso helado, la coqueta granadina y el implacable cognac con el pipeño de los dioses.

La jornada estuvo conversadora desde el inicio. El compadre Neut llegó con un compañero de trabajo dean-to-lo-ggí-a, un guiador de chácharas de abolengo, un contador de historias y analista sociopolítico de verdad. Y profesor de castellano.
Bajaron y bajaron cañas de terremotos al ritmo del exterminio del pueblo mapuche, de los anarkistas revolucionarios de Olmué, del guaraní olvidado, del romanticismo normalista. Y démosle con la granadina. Y vámosle con el pipeño. Y bajémonos unos perniles.
Y todo ahí, en el glorioso Quitapenas.
Alguna vez, en esas mismas mesas, un cuequero de fina estampa y cuidada estirpe nos había enseñado, dichoso por ser escuchado, a tañar una buena chilena con sus dedos asomborsamente bulliciosos. Esa también fueuna conversa de aquellas, sin terremoto de por medio, pero en la misma sala del infierno que tan merecido nombre ostenta.
Pero el Quitapenas no se entera de su fama ni de su mística. Perdura ahí, como si fuera cualquier shopería más por Recoleta abajo. No se inmuta ante su gloria. No se inmuta ni se la cree. No convoca a las grandes estrellas ni se redecora pensando en abajados. Su indiferencia me convence. Y su terremoto me convence. Y su conversa me convence.
Ese terremoto, esas jarras del paraíso, fueron consumadas como el Quitapenas manda. Gran terremoto de la temporada. Para volver por otros y ponerse nuevamente a chacharear.

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